
Fué un día de octubre cuando el timbre de la casa donde vivía, hace ahora veinte años, la que me despertó de un sueño que estoy seguro que mas de un cazador le gustaría, no era otro que de cazar perdices en Nava el Sach y, coincidencia o no, esa misma mañana se cumpliría. Siete días anteriores a la cacería, recibí una llamada de Ángel para decirme que necesitaba un camarero para servir a los dueños ese fin de semana, pues el que tenían habitualmente estaba enfermo y D. Alfonso no podía disponer de ninguno, así que le encomendó al guarda mayor de esta finca tan maravillosa y bonita que, lo buscara como fuese con unos conocimientos mas o menos aceptables, y como no podía ser menos, se acordó nada mas y nada menos que de mi!!! Tengo que decir que en esa época trabajaba de camarero en el bar de mis suegros, como he dicho en ocasiones anteriores, la relación que tenía con Ángel no era otra que una amistad verdadera donde la confianza prevalecía entre nosotros por encima de todo, y eso sin duda fue el causante de mi supuesta presencia en esa honorable casa para prestar mis servicios.
Esa misma tarde, recibo una llamada a mi teléfono de Ángel, diciéndome que el camarero decidió presentarse y que agradeciéndome mi prestación, lo sentía y para no perder mi jornal a la mañana siguiente, tenia que presentarme en su casa para hacer unas labores de campo, al no estar acostumbrado a trabajar en ello, la cabeza me aturdía nada mas pensarlo, así que decidí presentarme a la hora prevista. sobre la seis de la mañana, me levante y camino a su casa, la cabeza no dejaba de aturdirme y a mitad de camino y sin pensarlo me volví a mi casa, llamándole y diciéndole que el que estaba malo ahora era yo!!!.
Supuse que esa decisión mía tan repentina, pensaría que para nada me sentó bien, y a la semana siguiente, un sábado fue cuando llego el sueño de mi vida, cazar perdices en Nava el Sach. Al sonar el timbre de mi casa y asomarme a la ventanita que daba a la calle, observe el coche de Ángel, las piernas me temblaban mas que pensar que venia a por mi para
Llegamos a la casa de Pascual Ibáñez, una de tantas que posee esta maravilla de finca situada en plena sierra morena, allí observé a varios conocidos y amigos, guardas todos e hijos de los mismos, Ignacio, Paco, Bernardo, Evangelista entre otras amistades de los mismos, Ángel y yo, seriamos la cuadrilla para la mano que después de cómenos unos conejos que preparaban mientras llegábamos y a la hora de salir, sabia que no podía perder la mano, pues al no conocer la finca y si conocerme yo, y mi mal sentido de orientación, tenia que poner mas hincapié en no perderles de vista inclusive mas que a las mismas perdices y eso mismo me hizo fallar una cuantas, los tiros se sucedían uno tras otro durante toda la mañana, abatiéndose quiero recordar, cuarenta y tres, yo volqué seis y falle lo que no hay escrito, pues con la única escopeta que poseía, una Eusebio Arrizaga del calibre 12 y heredada de mi padre, no había forma de adaptarme a ella, aún así cumplí.
Una vez acabado la primera mano, nos dirigimos hacia la casa donde después de apretarnos unos conejos y unos buenos vinos, cocinados por algún que otro asistente, nos esperaba una caldereta deliciosa cocinada por un señor que a lo que a caza se refiere no le era de buen gusto, pero la cocina le encantaba y lo demostró con creces después de degustar esa caldereta tan suculenta.
La segunda mano, no se dio tan mal para algunos pues Ignacio si no recuerdo mal, fue el que mas abatió con un total de once por la mañana y seis por la tarde, yo entre mañana y tarde solo pude quedarme con ocho que no está nada mal para un día inolvidable que nunca olvidaré. Entre charla y comentarios, pude saber el motivo de esa cacería, D. Alfonso, dueño de la misma tenia por costumbre darles una comilona a sus guardas y matar el gusanillo en esa zona en concreto e invitar algún que otro conocido de los mismos una vez al año, así que Ángel guarda mayor de esta finca, se acordó de mi agradeciéndome mi plena disposición como camarero y no como campero.